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Sobre el prestigio: José Miguel Rosado Pat

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El distinguido yucateco José Miguel Rosado Pat, abogado de profesión, promotor y periodista cultural, presentó un artículo,siendo el primero de una serie inédita para Informe Fracto sobre consejos, insinuaciones y recomendaciones a todos los hombres y mujeres.

A continuación se réplica el escrito, en donde realiza una reflexión «Sobre el prestigio»:

Del prestigio han escrito los filósofos, humanistas, políticos y pensadores más sagaces. ¿Y cómo no lo harían?, si el prestigio y el renombre constituyen la piedra angular de quien pretende ostentar poder alguno. No en vano Maquiavelo aconsejaba evitar, a toda costa, ser aborrecido o menospreciado. Para el humanista florentino, cuando un príncipe- en este caso, la persona que detenta el poder- cae en el menosprecio, pasa por variable, ligero, afeminado, pusilánime e irresoluto.

Para el padre de la ciencia política moderna, era de suma importancia el cuidado que debía darse al momento de preservar la reputación; aconsejaba que se procurase advertir en aquellas, constancia, gravedad, virilidad, valentía y decisión, pues “difícilmente se conspira contra quien goza de muy buena estimación”.

Siendo fundamental para la vida de los protagonistas de los asuntos públicos, el prestigio trasciende el espacio privado de aquellos, y está íntimamente relacionado a su ascendencia, influencia y autoridad.

De prestigio sólo pueden gozar los hombres y mujeres de talento. Los que, en algún área de la vida y sus sociedades cultivan con su comportamiento, acciones e ideas, el arte de serle útil a otros. No debe confundirse el prestigio o la reputación con la fama, mucho menos con la vieja concepción que alguna vez se tuvo del prestigio como engaño que, mediante el discurso falaz, embaucaba a las masas para lograr fines mezquinos. El prestigio es estima pública, fruto del mérito.

Por supuesto, el prestigio, la buena reputación es un arma de poder. Tal vez la más poderosa y sutil. Quien goza de prestigio en los menesteres de lo público, es capaz de intimidar y ganar batallas. El poder de la reputación es capaz de poner a la defensiva a cualquiera y obligarlo a retirarse prefiriendo la diplomacia o un arreglo a un conflicto del cual, no se tiene la menor certeza del resultado.

Si el prestigio no se cuida como se debe, se torna vulnerable, habrá que prepararse para ser atacado por todos los flancos. Pero si se es prudente y logra mantener su reputación lo más fiel a aquello que desea ser -y parecer- la volverá una fortaleza inexpugnable.

Siendo humanos, es imposible pretender estar siempre dispuesto y con la racionalidad y mesura que exige actuar de determinada manera. Habrá momentos en los que se esté de mal humor o, por la razón que fuere, demos una respuesta de lo menos adecuada o prudente; cuando eso suceda corrijamos con amabilidad y toda la cortesía que el contexto permita. Admitamos el desvío para aminorar la ofensa. Procuremos siempre la rectificación cauta e inmediata de los errores en el decir o en el actuar. No caigamos en las provocaciones o intentos de ofender con que puedan tentarnos los que, por intereses distintos a los nuestros, cargan contra nuestra reputación, menos si lo hacen motivados por sentimientos de ruindad.

La habilidad de quien ha logrado construir un prestigio, consiste en aprovecharse de la ira de los que, por deporte, intentan desgastarla. Hacer que nuestros detractores se encuentren tirando arena a un muro de piedra maciza sin percatarse de ello.

Seamos conscientes de que la inconsecuencia y la contradicción son la misma esencia de la vida. La reputación y el desprestigio son como fogata de hornija o como jiste o espuma de cerveza: no resisten un examen atento, y con la misma rapidez con que se fabricaron se disipan. Pudimos haber construido una fortaleza lo suficientemente impenetrable como para resistir cualquier intento de desprestigio, sin embargo, nunca como para ignorarlos.

El prestigio se construye con méritos propios, pero se consolida mediante las alianzas adecuadas. Si nuestra posición es la de un banquero reconocido y respetado en el mundo de los negocios, por su talento en el manejo de las finanzas y por su ética profesional, de poco le servirá el mejor de los comentarios de los políticos o empresarios más corruptos. Por el contrario, ese es un efecto inverso en el que, los detractores, usan su mala reputación para desmeritar a quien posee cartas credenciales honorables. Es menester protegerse de los ataques de los astutos; de aquellos que atacan motivados por la ira o el enojo, sin importar la posición que ocupen, contribuyen a fortalecer nuestra buena reputación. De estos últimos no hay mucho de qué preocuparse.

Para generar alianzas a partir de nuestro prestigio, es necesario meditar y analizar el valor de las censuras y las alabanzas.

La mayoría de las personas prefiere ignorar las cualidades y los atributos de los otros, en lugar de ello, centra su atención en los defectos y tropiezos. Eso es humano. Seamos selectivos con nuestras amistades. Quien poco nos conoce, juzgará con base en apariencias: la vestimenta, los gestos, las palabras y las acciones más intrascendentes. El grueso de los que miran sólo conoce de lo doméstico de la vida.

En nuestras sociedades donde, ante la percepción de los comunes, la dignidad no es, del todo, un atributo del éxito, gozar de una buena reputación cobra vitalidad: nos protege del peligro y, pese a toda dificultad, nos hace dueños de nuestro propio destino.

Con el prestigio está en juego algo mucho más importante: la trascendencia.

Concluyo estas líneas citando al escritor suizo Amiel: «Cuida tu reputación, no por vanidad, sino para no dañar tu obra y por amor a la verdad».

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